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El terrorismo en el tiempo

Ancho y para nada ajeno

Por Néstor Núñez

Gengis Khan
Napoleón Bonaparte
Adolfo Hitler
Harry S. Truman
Rafael L.Trujillo
Fulgencio Batista
Jorge Videla
Augusto Pinochet

Aquella fría noche en que Orhk y sus seguidores masacraron al anciano consejero de la horda junto a sus allegados y familiares, y  con sordos gruñidos hicieron entender a los sobrevivientes que  correrían igual suerte de no obedecer al nuevo líder, tal vez asistíamos al primer acto de terrorismo en la historia de la especie humana.

Y verdaderamente era sólo el comienzo, porque la imposición de  voluntades ajenas a cuenta de sembrar el pánico con el uso  irracional de la violencia es un fenómeno que, para mala suerte,  acompaña al hombre con demasiada frecuencia desde entonces  hasta nuestros días.

El terror marchó con las huestes romanas que asolaron a Europa y  otros territorios; cabalgó en los rústicos y veloces caballos  esteparios de los insomnes soldados de Gengis Khan; rasgó la  carne con las mazas de dientes de obsidiana de las tribus  mesoamericanas, y degolló y mutiló con las cimitarras orientales y  las espadas de los Cruzados.

Estuvo presente en las lanzas y mosquetes que conquistaron a América para los imperios, banqueros y comerciantes de la ávida  Europa; se instauró en las lúgubres celdas de la Santa Inquisición;  ocupó trono preferente en las matanzas religiosas en Francia,  Inglaterra e Irlanda; zarpó mil veces en los barcos negreros,  acompañó a Napoleón en sus devastadoras guerras y marcó el  sangriento ocaso de las tribus norteamericanas.

Vino a París con las tropas realistas que sofocaron la Comuna; recorrió a  sangre y fuego las colonias africanas y asiáticas  en las bayonetas y las balas  de los ejércitos de las grandes potencias europeas; estuvo en la devastación  que marcó a la primera conflagración mundial; y marchó de las manos de  Hitler en la preparación y brutal desempeño del segundo conflicto global.         

Incentivó a Truman y sus halcones a lanzar dos innecesarios artefactos  nucleares sobre Japón y sembrar la semilla del chantaje atómico y la guerra  fría; impulsó a los sionistas a masacrar a los palestinos y crear a viva fuerza el Estado de Israel.

Intervino en Guatemala en l954 y acompañó a cada dictadura  pro Washington en América Latina, desde Trujillo y Batista, hasta Videla y  Pinochet. Fue a Viet Nam con las fuerzas interventoras de Estados Unidos. Se  agazapó entre los “contras” nicaragüenses, y los batallones de matones  salvadoreños y guatemaltecos con uniformes de soldados nacionales.

Marchó y  marcha con los paramilitares. Se suma a los extremistas de cualquier signo a  escala planetaria. Se hizo sentir en el golfo Arábigo Pérsico durante la  operación Tormenta del Desierto, y actuó y actúa contra Cuba desde la  Florida. Se respira, vive y deshace todos los días, mucho antes y mucho  después del 11 de septiembre de 2001. Anda, en fin, por desiertos, selvas, calles empobrecidas, barrios opulentos, unidades policiales, gabinetes legislativos y ministeriales, y hasta butacas presidenciales.

Criterios van, criterios vienen

Si bien casi todos concuerdan en la definición tipo del fenómeno terrorista, lo  cierto es que es imposible enmarcarlo en época, segmento social o corriente de pensamiento. No admite casillas, simplemente.

Cuando se trata de doblegar, dominar, imponer y acallar a viva fuerza, sin  reparos ni escrúpulos, el fenómeno salta en los más disímiles escenarios y sin contemplaciones por los dictados de Cronos.

El terror no es para nada privativo. Lo ejercen un grupo ilegal, un segmento criminal por interés propio, una secta inspirada en fanatismos religiosos o políticos, cuerpos legalmente instituidos y, por supuesto, gobiernos enteros.

Si se quiere alguna segmentación, háblese en todo caso, dicen los expertos, del terrorismo de corte “común”, y del que se constituye en práctica y línea de  acción de un Estado en específico. El primero se adjudica a grupos e individuos que se dice actúan fuera de la ley y que aspiran a que sus criterios y posiciones tengan cabida a partir del pánico colectivo. Otras veces se desprende de la obediencia ciega a pretendidos  axiomas o líderes mesiánicos, responde a la protección de actividades lucrativas ilícitas, o intenta la desestabilización social, política y económica.

Mientras, el denominado terrorismo de Estado implica su adopción como línea  oficial, ya en el plano interno como en las relaciones internacionales. Su  ejecución se constituye en política, y sus ejecutores resultan por lo general las  propias instancias de gobierno, sobre todo las armadas, de seguridad e  inteligencia.

Pero tal vez el más serio y peligroso de los fenómenos asociados al tema del  terrorismo es la maleabilidad que caracteriza su abordaje y enjuiciamiento. Se  trata de un acápite que, hoy por hoy, no escapa a los intereses hegemónicos y  unilateralistas que prevalecen en el contexto mundial.

Caras y caras

Cuando se revisa cierta literatura “occidental” sobre terrorismo, se percibe una  tendencia a situar el asunto en patios preferentemente ajenos. Por lo general se  marca y tipifica en las acciones extremistas de segmentos inspirados en  corrientes islámicas o de otras religiones no cristianas, o se atribuye a grupos  insurreccionales opuestos a la prevalencia capitalista.

Si se habla de terrorismo de Estado, entonces se hace referencia a pretendidas  “naciones totalitarias” y “socializantes” que se muestran agresivas en el plano externo y opresivas en el interno, y hasta se confeccionan listas de “países  malvados”, cuya presunta filosofía descansa en la violencia y la agresividad perpetuas.

Se suprime deliberadamente que en el seno de las superpotencias y sus  acólitos, autotitulados emporios de democracia, viven y se multiplican segmentos extremos promotores de barbaridades como el linchamiento público de ciudadanos de otra raza, la adoración a las ideas nazis y fascistas, la  persecución de inmigrantes y el más acérrimo fanatismo religioso, capaz de asesinatos y suicidios masivos cuya ilógica y barbarismo resultan casi  paradigmáticos.

Al fin y al cabo Timothy Mac Veigh era integrante activo de las  milicias ultraderechistas norteamericanas cuando voló por los aires un edificio  federal en Oklahoma hace apenas unos años.  Los episodios de 1993 en Waco, en que la secta de los Davidianos pereció entre las llamas luego de hacer prolongada resistencia armada a los agentes policiales y del FBI, acontecieron en la primera potencia del orbe. Y el envenenamiento con gas Sarín en 1995 de  miles de personas inocentes por órdenes del gurú Shoko Asahara, de la secta  Verdad Suprema, tuvo como escenario el metro de Tokio, la capital del industrializado Japón.

Mientras, el uso del terror ha sido no pocas veces opción preferida de potencias  imperiales y naciones de su órbita.  Cuando en una nación se tortura y asesina a decenas de miles de ciudadanos para hacer prevalecer un esquema opresivo, hay que hablar de terrorismo de Estado. Cuando a escala gubernamental se  ejecutan y alientan acciones subversivas y bárbaras que siembran la muerte y la destrucción indiscriminada en otros puntos geográficos, necesariamente hay que hablar también de terrorismo de Estado. Justo ese que ha sido  tradicionalmente aupado en Washington contra Cuba por más de cuatro décadas, y que ha costado a la Isla miles de muertos y mutilados, junto a  pérdidas materiales millonarias. Contra ese terrorismo criminal luchaban los cinco jóvenes Héroes cubanos, prisioneros políticos en las cárceles estadounidenses.

¿Acaso no es terrorismo la actual autorización de George Bush a sus entidades de espionaje y seguridad para asesinar por el mundo líderes  políticos no afines? ¿Cómo calificar la guerra contrarrevolucionaria  contra Nicaragua más de una década atrás?  ¿Dónde situar los crímenes de los golpistas argentinos y chilenos apoyados por la Casa Blanca? ¿Cómo clasificar la cacería selectiva por los sionistas de dirigentes palestinos y la destrucción y  masacre de campos de refugiados árabes?

Las citas precedentes son apenas botones de muestra que indican la extensión y prevalencia de las prácticas terroristas, sean de origen oficial o no, y que sobrepasan los tradicionales “escenarios del mal” escogidos por quienes apabullan al planeta con sus diluvios de retorcida propaganda a través de la  tecnificada red de medios que monopolizan.

Cuando conviene

Cuna de terrorismo y terroristas con insignias ellos mismos, los intereses imperiales intentan mover y moldear a su antojo las percepciones y opiniones del mundo. Por lo general apuntan a desligarse de la epidemia. Otras veces se definen víctimas del terror llegado de fuera con las más variadas etiquetas. Y, por  supuesto, cuando les ofrece dividendos geopolíticos o de otra índole, amplifican al máximo el arañazo recibido.

Todavía hay mucho que averiguar sobre la génesis del drama, sobre todo en  razón de la lasca externa e interna que Washington le ha sacado al asunto. Pero los episodios derivados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y  Washington resultan la ilustración tipo del controvertido comportamiento imperial. Unos tres mil muertos y la desaparición del Trade World Center junto a un  reducido segmento del Pentágono, han sido dimensionados como la gran  tragedia de la humanidad. No dejan de ser brutales, pero no más que infinidad de otros acontecimientos similares que han ocurrido u ocurren a lo largo y ancho del planeta... y, desde luego, semejante manejo de imágenes no es  fortuito.

En su libro “Terrorismo religioso”, editado en octubre de 2001, el investigador mexicano Jorge Erdely se refiere a esta asimetría divulgativa y de impacto.

“La vida y dignidad de un ser humano per se—apunta el analista— debían tener suficiente peso para provocar la indignación en millones de personas.” Y añade que, sin embargo “para la sociedad contemporánea, mediatizada y consumista que se rige por la ética de la economía de mercado y del status, las cosas sencillamente son distintas... ¿Por qué no ha existido ni el asomo de ese  pasmo (en torno a los hechos del 11 de septiembre) ante los mismos actos  terroristas y cobardes perpetrados por fanáticos sectarios en otros países?  ¿Por qué no sobrecogen las miles de víctimas del bloqueo a Irak? ¿Por qué no hubo un clamor mundial por el genocidio en Ruanda, que privó de la vida a cerca  de un millón de personas en pocas semanas? ¿Por qué las víctimas están  lejos? ¿Por qué carecen de poder adquisitivo?  ¿Por qué ese formato de entretenimiento en que se da a conocer al mundo su realidad? Cuando el  sufrimiento humano es trivializado, o su reconocimiento queda supeditado a  factores como status, productividad y nacionalidad, es necesario cuestionar todo el paradigma de valores en que está sustentada la nueva cultura de la  globalización, y nuestras nociones de progreso. En otras palabras, se necesita repensar la llamada civilización occidental”, concluye Erdely.

Y más que repensarla, añadiríamos, se trata de cambiarla, porque, en efecto, en el fondo no son el dolor ni la alarma sincera ante la entronización de la violencia extrema los que motivan a ese aparataje sociopolítico y económico que se pretende hegemónico. Es llanamente el “valor de uso” que encierra cada  acontecimiento sangriento y que no deja de buscarse y obtenerse aun en medio de la devastación y la muerte.

Terrorismo de conveniencia

Las masacres terroristas en otros puntos geográficos, reales o inventadas, tendrán mayor o menor atención si facilitan planes expansionistas e igualmente sustentados en el terror (caso Yugoslavia), y las propias pueden convertirse en simple espectáculo pasajero o en oportunista instrumento de los intereses dominantes.

Es la lógica controvertida y hueca a la que se empuja al planeta.  En consecuencia, luchar y enfrentar al terrorismo no puede ser una desviada y maniatada cruzada bélica unilateral, a veces con disfraz universalista. Se trata de un empeño altamente serio, responsable y colectivo, que implica eliminar todas las condicionantes que estimulan las reacciones violentas e  irracionales de grupos y personas, y la condena y sanción efectivas y diáfanas a quienes desde el poder lo instauren como política y acción oficiales.

Mientras nada de eso suceda, navegaremos en este convulso mar donde muerte, destrucción, maquiavelismo, sucios intereses, manipulación e ínfulas hegemonistas, trafican con el terror a pura conveniencia.